Capítulo 17: Ruta literaria por Lisboa

Tienda de cerámica en el barrio Alto

Las crónicas cuentan que fue la única ciudad europea en la que podían convivir judíos y refugiados que huían de los nazis con miembros de la realeza como Carol II de Rumania o los duques de Windsor


Fernando Pessoa, el poeta portugués más conocido de todos los tiempos, el hombre de los mil heterónimos y de las mil soledades, aún se pasea por esas calles de Lisboa, donde puedes encontrarte con versos suyos en los bancos y en los suelos.

Letras escondidas en rincones de esa ciudad que renació de sus cenizas en el terremoto del Día de Todos los Santos de 1755.

Ese 1 de noviembre entre 60.000 y 100.000 personas murieron, marcando para siempre la historia moderna de la capital lusa. 

El conocido como Gran Terremoto de Lisboa, sucedió entre las 09:30 y las 09:40 horas y se caracterizó por su gran duración, dividida en varias fases y por su violencia, con su epicentro en algún lugar desconocido del océano Atlántico y con un 8’4 en la actual escala de Richter.​

Al terremoto le siguieron su correspondiente tsunami y un incendio que supusieron la destrucción de casi toda la ciudad.

Murió gente en Marruecos, en Ayamonte y otros puntos del sur de España y de toda la península ibérica.

Se sintió en lugares como Groenlandia, las Antillas, Madeira, Noruega, Suecia, Gran Bretaña e Irlanda. Gran parte de Argel fue destruida; y a corta distancia de Marruecos, un pueblo de unos diez mil habitantes desapareció. 

La celebración de Todos los Santos con miles de lamparillas encendidas por toda la ciudad despertó un incendio que devoró el ochenta y cinco por ciento de los edificios de Lisboa.

Durante cinco días y cinco noches la capital ardió hasta quedar casi reducida a cenizas.

Palacios, bibliotecas, gran parte de la arquitectura manuelina del siglo XVI.

Hubo edificios que habían sufrido pocos daños por el terremoto pero que luego los destrozó el fuego. 

El Teatro de la Ópera (inaugurado seis meses antes), desapareció. 

El Palacio Real, junto al río Tajo, el Teatro Real do Paço da Ribeira, frente al palacio, y la biblioteca real con 70.000 volúmenes, centenares de obras de arte, pinturas de Tiziano, Rubens y Correggio.

Todo desapareció.

Los archivos reales y detallados expedientes históricos que describían las exploraciones de Vasco da Gama y otros exploradores tempranos portugueses. 

La catedral de Santa María, las basílicas de São Paulo, Santa Catarina, São Vicente de Fora, y la iglesia de la Misericordia. El Hospital Real de Todos los Santos (el hospital público más grande de la época) fue consumido también por el fuego y centenares de pacientes murieron carbonizados. 

Las ruinas del Convento do Carmo fueron preservadas para que no se relegara en el olvido.

Desde los muelles los testigos vieron el agua retroceder, dejando al descubierto el lecho marino. Tres olas que llegaron a alcanzar los 20 metros se elevaron y aplastaron el frente marítimo y tragándose los barrios costaneros.

Las aguas del Tajo se desbordaron y cubrieron parte de la ciudad. En menos de dos horas, Lisboa había sido reducida a escombros, anegada por maremotos y consumida por el fuego.

El primer ministro Carvalho e Melo, marqués de Pombal, respondió a quien le preguntó qué hacer que había que «cuidar de los vivos, enterrar a los muertos». 

Una pragmatismo que buscó desde el primer momento reorganizar y reconstruir la vida en la ciudad. 

En menos de un año, Lisboa estaba ya libre de escombros y comenzando a revivir. 

Por deseo del rey se reordenó el urbanismo con manzanas grandes, calles rectilíneas y amplias avenidas.

Nació la sismología y se construyeron las primeras edificaciones del mundo resistentes a los terremotos con sacudidas simuladas por las tropas. 

CASABLANCA Y GUERRA CIVIL

Y esta nueva Lisboa, luminosa, con edificios de colores pastel, con empedrado en las calles y cerámica en sus fachadas y ese espíritu acogedor y emprendedor, acabaría jugando un papel clave en la Segunda Guerra Mundial.

Películas como Casablanca, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman reencontrados en Marruecos, reflejaron cómo Lisboa acabó siendo un referente de esperanza de los refugiados del mundo en medio de una guerra que asoló el mundo.

Durante la Segunda Guerra Mundial este país humilde alcanzó protagonismo gracias a la pro­duc­ción por­tu­guesa de wol­fra­mio, vital para el blindaje de los tanques alemanes, y el valor estra­té­gico de las Azo­res en la gue­rra del Atlán­tico.

Las crónicas cuentan que fue la única ciudad europea en la que podían convivir judíos y refugiados que huían de los nazis con miembros de la realeza como Carol II de Rumania o los duques de Windsor.

Las intrigas pasaron a tener lugar en cafés y embajadas de Lis­boa.

En la plaza del Rossio se podía escuchar polaco, francés, alemán o incluso ruso.

Había portugueses que informaban a cambio de ropa, dinero o comida.

Los muelles se abarrotaban de gente ansiosa por conseguir un pasaje en barco o en hidroavión para ganar su libertad.

Tal vez todo este pasado reciente ha influido en ese aire cosmopolita y abierto que siguen presentando los lisboetas a día de hoy. Gente políglota, acogedora y siempre con ganas de hacerte sentir como en casa.

Una ciudad a la que siempre quieres volver.

Con ella descubrí el encanto de poder repetir destino.

Porque volver a un lugar que te inspira desde el primer momento siempre tiene un sentido. 

Dejas de ser turista y empiezas a ser viajero. 

Descubrir sus esencias más auténticas.

Sentirte libre en un entorno que no es el de tu día a día, pero que ya estás empezando a conocer como si fuera más tuyo. Sin mirar el callejero. Conociendo aquel bar o el otro restaurante. Y sus platos y a su gente.

A partir de ese momento todo empieza a fluir DE VERDAD.

Yo me he perdido muchas veces por sus calles empinadas, sus callejones llenos de pinturas en aquel rincón escondido.

Su café largo galaum con un pastel de Belem y aquel fado perdido por la noche de Alfama.

El premio Nobel José Saramago la definió como “donde acaba el mar y la tierra comienza”. 

Porque si quieres hacer una ruta literaria has llegado al lugar correcto.

Ruta literaria por Lisboa

Para Fernando Pessoa aquí era donde «el Arte, que vive en la misma calle que la Vida». 

Ese poeta que pisaba el suelo empedrado navegando de tasca en tasca, en “flagrante delito”, en la bodega Abel Pereria da Fonseca. 

Y ese sombrero, las gafas, la pajarita, son ya una marca de la ciudad que te vas a encontrar en multitud de carteles y escaparates. 

Ese café A Brasileira, con la estatua de bronce y su mano desgastada y ese precioso Claustro de los Jerónimos, en el Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, que acoge los restos del genial poeta.

Esa ropa tendida en las ventanas por las que pasa el tranvía 28 traqueteando estrepitosamente.

Por eso hay quien aconseja que una de las mejores formas de conocer Lisboa es con un libro.

Te la contamos entera más abajo en el enlace directo del podcast.


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