Cuaderno de viaje Italia 2024 | Día 1, Bologna

Bolonia

Elegir el destino en función del billete de avión más barato te descubre en ocasiones lugares poco saturados de turistas y aeropuertos pequeños y mucho más cómodos que los de grandes capitales


2 de agosto de 2024. Al fin llegó el día. Yo, que me había prometido no pisar nunca Venecia en plena época del boom veraniego, me encuentro recogiendo mi maleta de cabina Samsonite y mi mochila negra Converse para salir en dirección al aeropuerto de Valencia.

Me pongo unos vaqueros cómodos, camiseta básica, visera negra, sandalias Birkenstock y subo al coche.

Si no hay ningún retraso, saldré del aeropuerto de Valencia en dirección a Bologna en el avión de las 12:50, hora española.

Y, aunque hubo un verano en el que me prohibí también volver a subir a un Ryanair, aquí ando tragándome mis palabras para llegar a mi destino de este verano. Todo por elegir el vuelo más económico en la zona prevista: el Véneto italiano.

Este año el presupuesto no da para más.

Pero, como sucedió con el vuelo a Milán en 2016, que fue elegido de la misma manera, la elección ha sido un acierto. Y es que, una vez tuvimos clara la zona a visitar, el primer destino lo elegimos a la búsqueda de un aeropuerto bueno, bonito y barato. Algo que casi siempre te descubre lugares poco saturados de turistas y aeropuertos mucho más cómodos que los de grandes capitales.

Vuelo Valencia-Bologna

Finalmente, el avión despega a las 13:10 horas de Valencia y llego a Bologna a las 15 horas de un viernes de agosto tremendamente caluroso. 

Una vez allí, cojo el tren Marconi Express, que en sólo 7 minutos me dejará en el centro de la ciudad, en la Stazione di Bologna Centrale. Allí me está esperando la persona con quien haré este viaje de siete días en tren. Un plan de amigas al más puro estilo ‘Thelma & Louise’, pero de tren en tren.

Tras atravesar un tramo hasta el hotel, con un calor apabullante, llegamos a nuestro primer alojamiento, ubicado en la Via Cesare Boldrini. Una calle con un ambiente tranquilo durante las horas diurnas.

El hotel resulta estar en el primer piso de un edificio residencial, algo que ya he visto en otras ocasiones en Italia, desde Sicilia hasta Milán.

Dejamos mi maleta en la habitación y, tras un rato de aire acondicionado huyendo de las horas más calurosas del día, salimos a la calle. 

El centro de la ciudad de Bologna resulta ser un lugar con escasos turistas, lleno de calles típicas italianas con un regusto medieval y locales con agua fresca a 0’50€ y 0’80€. Así sí.

En nuestro paseo llegamos a entrar en un par de iglesias ubicadas por el casco antiguo, pero ya no llegamos a entrar en la basílica de San Petronio, en la Piazza Maggiore. A cambio, acertamos sentándonos en la terraza de un local de esa misma plaza, que por minutos comienza a llenarse de gente atraída por la orquesta que se ha puesto a tocar una selección de piezas cinematográficas, y para cuya asistencia el Ayuntamiento ha colocado multitud de sillas plegables en la parte central de la plaza. 

Aunque nos pedimos una Coca-Cola Zero, observamos que la gente local está pidiendo en casi todas las mesas un líquido de color rojizo. Le pregunto al camarero en mi nivel B1 de italiano el nombre del brebaje en cuestión y lo anotamos en el cuaderno de viajes: Spritz Aperol.

El primer día acaba en una pizzería cercana, con un personal bastante antipático, comiendo una pizza de mortadela y pistacho que resulta estar exquisita.

De bebida, mucha agua fresca. Los calores se notan hasta cuando ya es noche cerrada.

Bolonia
Bolonia

Manifiesto para nuestro viaje por el Véneto

Antes de emprender nuestra marcha del día siguiente hacia Verona, es hora de repasar las pautas de este viaje italiano:

– No alojarnos en pisos turísticos.

– Comer sólo en locales típicos.

– Practicar mucho el italiano.

– Evitar (siempre que sea posible) las rutas más llenas de turistas.

Completamos el listado con el añadido de última hora:

– Beber Spritz Aperol y comer helado de pistacho siempre que se preste la ocasión.

En mi repaso del día, mientras reviso estas ideas y anoto en el portátil los datos de esta primera jornada, acabo recordando que, cuando tenía 16 ó 17 años y estudiaba Historia del Arte, enamorada de Roberto Benigni y su vida siempre bella, me prometí recorrer algún día toda la península italiana y sus islas… Y acabo de darme cuenta de que el sueño ya se ha convertido en una realidad.


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