Cualquiera diría que esos ojos vieron pasar ante sí más de 80 años de vida.
Alguien que estaba buscando cada vez más dentro de sí mismo tras haber encontrado todo lo que se preguntó sobre todo lo demás.
Tal vez por eso, esa mirada me recuerda tanto a Cien años de soledad. Porque, al fin y al cabo, es una soledad melancólica la que nos acompaña en el último recodo de la vida.
Y en eso estamos, tratando de desentrañar todos los secretos que Gabriel García Márquez dejó en su libro mágico, que este 2013 me acompaña en la mesita de noche.
Y aquí seguimos, en el Gran Caserón de la Esquina, encontrándonos con los muertos que construyeron esta casa (mis abuelos), algún otro familiar que exhaló su último suspiro bajo este mismo techo (la tía Consuelo) y con sonrisas, fiestas, alegrías y lágrimas de más de 70 años.
Al final dio igual que fueran de tristeza o de pura felicidad. Fueron lágrimas que bañaron los rincones de este caserón.
Y, tal vez por ese motivo, Gabo me esté conquistando tanto, porque con él veo que la historia del hombre es cíclica. Que todos acabamos compartiendo nombres propios, apellidos, hijos, padres, primos, errores y certezas.
Cualquiera diría que esos ojos se abrieron por primera vez cierto día de 1895. Dos siglos nos separan mientras seguimos buscando las mismas respuestas.



