Creo que a estas alturas ya estamos de acuerdo con el hecho de que las fotografías son algo esencial para el viajero. Sin ellas la experiencia se quedaría coja. Le faltaría un algo. Un vacío que no se puede llenar de otra manera.
Para mucha gente a la que le gusta moverse de un lado a otro la cámara es una compañera perfecta para aprovechar el tiempo de la salida y sacarle todo el jugo de una manera efectiva.
Y es que una de las maravillosas ventajas de esta manera de fotografiar es que acabas encontrando sitios o detalles en los que no te fijarías si no estuvieras buscando la siguiente imagen. También puedes acabar dando con temas para elaborar series de fotografías interesantes a las que no tendrías acceso de otra manera.
Algo de lo que me he dado cuenta últimamente es que los viajeros o turistas cada vez comparten más una característica en común: todos llevan cámaras reflex digitales. En ocasiones parece que estén compitiendo por mostrar el mayor objetivo o la cámara más abultada, algo que en muchas ocasiones no sería necesario.
A no ser que seas un fotógrafo experimentado y vayas a acabar dando un uso rentable a tu trabajo fotográfico fuera de casa, no es necesario en absoluto hacer uso de los equipos más caros cuando salimos de viaje. De hecho, puede incluso llegar a ponernos en alguna situación peligrosa… Turista más objeto de valor no suelen hacer una buena combinación ante carteristas o ladrones.
Así que hace tiempo que decidí no complicarme la vida con este tema, y opté por acostumbrarme a salir siempre con mi cámara compacta. Mi Lumix Panasonic DMC-T28 no era de precio bajo en su momento, pero tampoco fue comparable con los precios que manejamos al hablar de cámaras réflex de una mínima calidad. La compré vía Internet hace ya cuatro años y desde entonces siempre me acompaña. Tiene muy buenas opciones, un objetivo de una gran calidad, y su tamaño me permite pasar desapercibida al lado de tanto objetivo de grandes dimensiones. Además, sus dimensiones son perfectas para poder colocarla dentro de cualquier bolso y que no me suponga una incomodidad tener que transportarla.
Menos casi siempre acaba siendo más.



2 comentarios de “Fotos callejeras”
Pues no, no hay unanimidad respecto a la imprescindibilidad de la fotografía como testimonio o refuerzo de la experiencia viajera. De entrada, por la ridícula figura del turista aferrado a sus artilugios fotográficos, más atento a ruedecita-lucecitas que a la fugacidad emocional del paisaje. A menudo no entiende gran cosa, por no prestar atención, y supone erróneamente que sus fotos restablecerán la plenitud.
Fotos por otra parte francamente malas. Inexplicablemente, está demodé o no queda fino adquirir postales, a pesar de que están firmadas por fotógrafos profesionales que dan tiro y raya al intrépido fotero con chanclas.
Menos mal que las fotos digitales ya no las mira nadie. Antaño, cuando había que revelarlas, se hacía algún pinito de selección que nunca sobra. Hoy quedan en los entresijos electrónicos que nadie vuelve a visitar, ni siquiera el fotero, que ahora está más interesado en inmortalizar la calle Narudovna que en sus tomas paisajísticas de la Provenza. Si es que no hay fidelidad…