Los tiempos pasan. Y qué mejor excusa para negarse a estar quietos que querer ganarles la carrera. Y entonces es cuando llegan esos instantes en los que la vida te enseña que es ella misma el regalo. Estar aquí, respirar, amar, llorar. Reír. Una y otra vez.
Y entonces te das cuenta de que el tiempo no es el que manda. Más bien es el uso que hagamos de él el que lleva la batuta.
Al dar con esta conclusión tangible e irrefutable, el corazón vuelve a encontrar la paz que cierto día dio señales de su existencia.
Y es que amar es la vida.
La vida es amar.
Y poco más.


